
Que no suene como un cliché o algo así, pero es una pregunta que todos nos hacemos en algún momento de la vida.
Y es que todos tenemos aspiraciones en nuestras vidas, y entre nosotros anhelamos cosas similares: ser felices, una linda casa, un mejor coche, éxito en nuestras relaciones, conocer el mundo, etc., etc., etc. Ahí es donde sí anhelamos clichés.
¿Pero cuánto hacemos por nosotros mismos?
De la misma manera en que cada mañana nos levantamos con una rutina definida pero un destino incierto, el caer en la monotonía nos convierte en seres autómatas, engranes de una gigantesca máquina que se mueve de una manera precisa pero incierta para los pobres mortales que todos somos, este gigantesco organismo al que todos conocemos como sociedad. Esa sociedad en la que cada ser quiera o no está involucrado, ya sea como un miembro ejemplar de ella, un mal elemento para la misma, o uno de los millones de indiferentes que limita su mundo al mismo desayuno todos los días, saludar con las mismas personas, seguir el mismo recorrido cada tarde, ver los mismos programas en la TV, oír siempre las mismas canciones, los mismos discursos, los mismos estos, los mismos aquellos, los mismos siempre… siempre.
Debemos tener nuestro destino definido, pero lo interesante está en desconocer el carretero.
Mis aspiraciones son sencillas, y eso es lo que me motiva. No quiero ser multimillonario, porque ellos no pueden sentir el olor de su sudor en las almohadas de seda, ese olor con el que nos familiarizamos desde niños y se va con nosotros hasta el día que nos lleva la muerte. No quiero ser famoso, pues los famosos no tienen paz, además que ser famoso no significa ser bueno necesariamente. Tampoco quiero salvar al mundo, porque el mundo no hace nada para salvarse a sí mismo.
Pero entonces, ¿Qué quiero?
Quiero tocar la guitarra sin ser molestado, ver las luces en la laguna por la noche, escuchar los sonidos de la montaña, dormir a lado de una fogata, pisar la arena con los pies descalzos, trabajar para vivir y no vivir para trabajar.
Respirar aire puro, dormir lo necesario, y soñar más de lo que se duerme.
Y ser feliz, aunque en algún todo esté en contra mía.
La verdad, soy una persona feliz porque mi vida siempre ha estado llena de sorpresas desconcertantes e inciertas, y porque la incertidumbre aun no ha tocado mi puerta.

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